lunes, 29 de agosto de 2016

La gran historia de Atienza

Francisco Layna Serrano: “Historia de la villa de Atienza”. Aache Ediciones. Colección “Obras Completas de Layna Serrano”. Guadalajara, 2004. 526 páginas, numerosas ilustraciones y planos, a color. Encuadernación en tela. Prólogo de Agustín González. PVP: 60 €.

Como en toda la obra reeditada de Layna, se conservan íntegros los textos del polígrafo alcarreño, y muchas de sus fotografías y planos realizados a mano. Pero se pone énfasis en la imagen nueva, con modernas técnicas digitales, de tal modo que el lector y coleccionista se encuentra con el que ya ha sido calificado como el mejor libro de Layna hasta ahora editado. El más grueso, y el que más cantidad de páginas con ilustraciones lleva. Un elemento imprescindible para afianzar el saber enciclopédico y el conocimiento de las raíces históricas, patrimoniales y costumbristas de nuestra provincia.

Una historia

Cuando el viajero se dirige a Atienza, la llegada desde los altos de Cantaperdices le producen siempre un acelerón en la sangre. Porque la vista del burgo, a lo lejos, sobre los anchos campos, elevado sobre el monte, y el castillo coronando la roca gris, a todo el que se para un momento a contemplar esa visión le viene a la boca la misma palabra: “parece un barco” surcando el mar de ocres, de panes, de quejigares ahora amarillentos.
Si hoy nos despierta admiración y emociones, en los siglos pasados, muy antiguos (Atienza tiene una historia de veinte siglos a sus espaldas, quizás más) a los hombres que se acercaban a ese bastión les producía miedo (si eran enemigos9 o confianza( si eran sus vecinos, sus allegados).
El mismo Ruy Díaz de Vivar, El Cid Campeador, tuvo que pasar bajo las murallas de Atienza cuando viajaba de Burgos a Valencia, desterrado. Y al llegar cerca, dijo su cronista que don Rodrigo pasó de largo, pues esa poderosas torres “que moros las han” no le permitían plantearse conquista alguna, por muy valiente que fueran él y los suyos. De esa visita, cierta, confirmada en “El Cantar del Mío Cid” viene hoy la inclusión de Atienza en la Ruta Turística “Camino del Cid”. La que seguimos sin entender es la razón dada para incluir a Atienza en la “Ruta de Don Quijote”, con motivo del Centenario de la edición del famoso libro. Ni Cervantes estuvo en Atienza, ni al Quijote (ente de ficción, por lo demás) le puso nunca en sus caminos.
La historia de Atienza es resumen de la historia de Castilla: sus reyes medievales viven allí, la tienen como una de las joyas de su corona. Alfonso VIII la concedió favores y ayudó a construir sus murallas, su castillo, sus iglesias. Juan II y El Condestable de Luna la conquistaron con dura y larga batalla. Los clérigos numerosísimos que la habitaron la dieron sonoridad de cantos gregorianos. Y los cientos, miles de arrieros que en ella vivieron, la hicieron entre los siglos XII al XV lugar céntrico de Castilla, un emporio de riqueza comercial.
En guerras más modernas tuvo Atienza su valor: En la de la Sucesión, en la de la Independencia (el Empecinado batalló en sus cercanías) y aun en las civiles del Carlismo contra el Liberalismo. En la última Guerra Civil fue menos importante su papel, entre otras cosas porque la guerra del ferrocarril, la perdió Atienza mucho antes. Y eso fue como quedarse descolgada de todos los caminos. De los del progreso y de los de los conflictos bélicos.
Hoy Atienza, bien comunicada, pero siempre lejos, y a trasmano, vive su honrosa y honrada ancianidad, en silencio, y ofreciendo su arte, su maravillosa silueta, sus fiestas únicas. En el libro de Atienza se cuentan todas. Se saborean despacio, y parecen no acabarse nunca.

Un patrimonio

Lo que se guarda entre las murallas de Atienza no tiene nombre ni número. Es inmensa la riqueza que atesora esta villa. A pesar de pérdidas y robos, en tiempos antiguos. Y gracias a las recuperaciones y restauraciones modernas. Una figura excepcional, Agustín González, ha conseguido hacer que ese patrimonio atencino esté siempre latiente, cada vez más limpio, más cuidado, más a la vista, en esos tres museos (San Gil, San Bartolomé, la Trinidad) que ha ido progresivamente abriendo.
El patrimonio de Atienza ofrece, menos arte contemporáneo, de todo: desde los elementos del paleolítico (y más antiguos aún, la colección de fósiles que en San Bartolomé se guarda, algo excepcional y nunca visto) hasta el arte rococó. Pero pasando antes por lo árabe (inscripciones cúficas en Santa María del Rey, lo cual deja al espectador siempre estupefacto, al ver y fotografiar largas parrafadas talladas en caracteres árabes sobre la puerta norte de esa iglesia románica), por lo románico, con su media docena de iglesias plenamente de ese estilo, por lo gótico, con un ábside de San Francisco de líneas puramente británicas, por el Renacimiento, por el barroco más complejo...
Un cúmulo de cientos depiezas, de retablos, de esculturas, de grandes cuadros, de bóvedas, de Calvarios, de relicarios. Es difícil, por no decir imposible, enumerar aquí ni siquiera lo más importante del patrimonio atencino. Solo decir que han hecho falta más de 500 páginas de un libro en tamaño muy grande, para poder incluir la historia y el arte de esta villa, añadida, eso sí, de unas numerosas y sorprendentes fotografías de sus mejores piezas.

Un folclore

En Atienza queda todavía un punto a señalar y disfrutar de él: el del folclore. Porque en sus anales surge la fuerza emotiva de la Caballada. Es singular y fascinante el escrito que en forma de prólogo nos da el arcipreste atencino, don Agustín González.  En él nos revive la emoción de un día, el domingo de Pentecostés. Que se llena de sonidos (los cascos de los caballos ante la casa del Abad) y bailes, cuando le entretienen con jotas a la Virgen de la Estrella, antes de comer el cordero y la lechuga en el reservado de la ermita.
Si Layna fue quien primero describió y analizó, en documentos y ritos, esta Fiesta universal, Santiago Bernal fue quien la plasmó en hermosas fotografías. El libro que ahora aparece tiene además del texto clásico, las imágenes mejores que Bernal guardó, en colores y en el blanco y negro sucinto que es posiblemente en el contraste que mejor se ofrece este encuentro ancestral. Ocho siglos de fiesta, la Caballada de Atienza, vista desde todos los ángulos posibles.

domingo, 28 de agosto de 2016

El patrimonio perdido por Guadalajara

José Luis García de Paz: PatrimonioDesaparecido de Guadalajara. Aache Ediciones. Colección “Tierra de Guadalajara” nº 46. ISBN 978-84-92886-57-9. 2ª edición. Guadalajara, 2011. 264 páginas. PVP: 15 €.

Es esta la segunda edición, renovada, ampliada, corregida y aumentada, de un libro que se ha hecho ya clásico en la bibliografía sobre Guadalajara. Es la obra monumental del profesor García de Paz titulada Patrimonio Desaparecido de Guadalajara. Con la paciencia de un entomólogo, el investigador alcarreño ha ido buscando piezas de arte, de historia, de documentos, que formaron parte de la vida de nuestra provincia hasta que alguien las destruyó o se las llevó a otra parte. En las 264 páginas que tiene el libro, y entre los cientos de imágenes que ofrece, van flotando las historias de antiguos monasterios, de decenas de retablos, de archivos perdidos, de esculturas y pinturas llevadas a los museos americanos, de castillos derrumbados, de puentes dinamitados… cada página es un escalofrío, y cada línea contiene un dato interesante.

Es esta obra un acopio de maldades y de abandonos. Porque en él se reflejan la destrucción de altares que se hizo en el verano y el otoño de 1936, en el estallido demente de una revolución de izquierdas que no sabía ni en qué dirección iba. O la venta que el Estado español, por persona interpuesta, le hizo a William Randolph Hearst del monasterio cisterciense de Ovila. O el traslado al Museo de Cinccinati del retablo renacentista de los jerónimos de Tendilla. O el hallazgo, doscientos años después de que desapareciera sin que nadie lo supiera, del bloque escultórico de la Lamentación de la Virgen que estuvo en el centro del gran retablo de Sopetrán. Así hasta 256 páginas, cabiendo en muchas de ellas otros múltiples desaguisados.

El libro forma parte de la colección “Tierra de Guadalajara” de la editorial AACHE. Es su número 46 y ahora aparece en edición renovada, habiendo salido de la anterior cosas encontradas o restauradas (felizmente) y habiendo entrado otras que antes no estaban. Cabe señalar que al final aparece una página entera con las casi dos docenas de monumentos de Guadalajara que actualmente están incluidos en la lista negra de “Hispania Nostra” que sin ánimo de polémica incluye y registra todo aquello que ofrece un peligro de destrucción, hundimiento o daño irrevocable. Guadalajara es una de las provincias españolas que más elementos tiene incluidos en esa lista.

Enhorabuena al autor por este renovado espaldarazo que los lectores le dan, y que se ha transformado en la confianza de la editorial AACHE en este título al hacer esta reedición, nueva en todas sus páginas.

AHB


La Casa del Doncel, en Sigüenza

Este libro, que lleva por título "La Casa del Doncel en Sigüenza" es un estudio muy amplio sobre este monumental edificio, rescatado de la ruina por la Universidad de Alcalá. Un equipo coordinado por Aurelio García López, con la aportación técnica de los arquitectos Carlos Clemente y Marta Rubio, el genealogista Antonio Sevilla, el historiador Antonio Herrera Casado, el estudioso Pedro Lavado Paradinas, y otros especialistas en arqueología y restauración, dan vida a este completísimo estudio de uno de los edificios emblemáticos de Sigüenza, símbolo de la Edad Media en tierras castellanas.
El Índice del libro lo dice todo, y sirve de perfecto resumen para saber de qué va esta obra, que si eres “de letras” te va a interesar seguro, porque habla de historia, de personajes, de urbanismo, de arte mudéjar y gótico, de exposiciones y detalles mínimos y sorprendentes:

Presentación, por Virgilio Zapatero 7
Introducción, por Francisco Domingo 9

CAPITULO PRIMERO.
Introducción a la visita de la Casa del Doncel 11 
Carlos Clemente San Román y Marta Rubio Marín.

CAPITULO SEGUNDO
La Casa de los Arce en Sigüenza,
conocida como la Casa del Doncel
 37
Antonio Sevilla Gómez

CAPITULO TERCERO.
El proceso y métodos de la restauración del edificio 55
Carlos Clemente San Román y Marta Rubio Marín 

CAPITULO CUARTO.
La Casa del Doncel. Un ejemplo de arquitectura civil
de transición entre el estilo gótico al hispano-flamenco
 73
Aurelio García López.

CAPITULO QUINTO.
El Doncel Martín Vázquez de Arce:
aspecto vital y aspecto artístico
 107
Antonio Herrera Casado.

CAPITULO SEXTO.
La investigación arqueológica, descubrimientos
y hallazgos de cerámica
 129
Ildefonso Ramírez González.

CAPITULO SÉPTIMO.
La recuperación de las yeserías y elementos singulares
de la Casa del Doncel.
 133
Antonio Sánchez-Barriga Fernández.

CAPITULO OCTAVO.
La Casa “ Mudéjar” del Doncel de Sigüenza 147
Pedro J. Lavado Paradinas.

CAPITULO NOVENO.
Estructura de la madera, los métodos aplicados
en su conservación y recuperación
 163
Ignacio Navarrete Valera.

Bibliografía General. 171

A.H.B.


sábado, 27 de agosto de 2016

La Historia de Peñalén

Aurelio García López: “Historia de Peñalén. Una encomienda de la Orden de San Juan en el Alto Tajo”. Aache Ediciones. Colección “Tierra de Guadalajara” nº 76. Guadalajara 2010. ISBN 978-84-92886-29-6. PVP: 18 €.

Se estructura este libro como lo hacen habitualmente los de esta colección cuando tratan de un pueblo: su historia, su geografía, su patrimonio, fiestas, personajes y naturaleza. Aunque en el caso de este libro prima especialmente la carga histórica. Porque lo que el autor ha rebuscado, encontrado y puesto en letras de fácil digestión, es nada más y nada menos que la historia de la Encomienda de la Orden de San Juan, que aquí en Peñalén tuvo asiento desde la remota Edad Media, desde los días de la creación del pueblo, allá por el siglo XII, y que llegó intacta hasta el siglo XIX.
El análisis pormenorizado de esa Encomienda de la Orden de caballería de San Juan de Jerusalén es el gran hallazgo de esta historia. Tema hasta ahora absolutamente desconocido, y que aporta a la historiografía provincial nuevas páginas de interés, por cuanto sobrepasa lo sabido hasta ahora acerca de los caballeros sanjuanistas como señores de una encomienda medieval en Peñalver Alhóndiga, y presenta otra encomienda, de las poco más de 30 que tuvo la Orden en el área de la Lengua Castellana, o sea, los territorios de la mitad occidental de la península ibérica. En esta encomienda de Peñalén se integraron dos pueblos, La Yunta (en Molina) y Santa María de Poyos (destruido por las aguas del pantano de Buendía, junto a Sacedón) amén de otros caseríos y enclaves de simple explotación.
El autor del libro aporta, en un asombroso estudio inédito, la serie de personajes que ostentaron el cargo de comendadores de Peñalén, a lo largo de varios siglos. Es muy posible que ninguno de ellos pisara el pueblo, que tan a trasmano de la Corte pillaba, pero sí que aparecen nombres de relieve. Además estudia todo el aspecto organizativo de la Encomienda y del pueblo, así como las relaciones económicas y sociales entre señores (los sanjuanistas) y vasallos (los pecheros y villanos).
Se completa el estudio magistral de García López con una serie de pequeños capítulos en los que han colaborado otras personas, y que nos hablan del patrimonio histórico-artístico del pueblo, reducido pero interesante; de las fiestas tradicionales de Peñalén; de la toponimia del término; de los gancheros y su memoria; y de la naturaleza, de la que, en forma resumida, se ofrece completa la Ruta a Pie entre Peñalén y Zaorejas (Puente de San Pedro) guiada por un estupendo mapa aéreo.
Muchas fotografías, grabados antiguos, mapas, esquemas y croquis completan este libro que nos abre una puerta más al conocimiento hondo y real de los pueblos de la provincia de Guadalajara. Esta vez le ha tocado a Peñalén, y ha sido posible, todo hay que decirlo, gracias al patrocinio que para ello ha desarrollado la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, el Fondo Europeo de Desarrollo Regional, y el propio Ayuntamiento.
El libro "Peñalén y la Encomienda de San Juan en el Alto Tajo" tiene 224 páginas, muchas imágenes en color, y está a la venta en las librerías al precio de 18 Euros.

Se presentó este libro en el pueblo protagonista del mismo: la localidad serrana de Peñalén, en las riberas del Alto Tajo. El sábado 4 de diciembre, en un ambiente invernal muy bien llevado, y en los locales de la Asociación Cultural de la villa, con la presidencia de la Alcaldesa María Angeles Marco, y con las palabras de bienvenida del concejal de Turismo, David Sanz, hablaron el editor y colaborador de algunos capítulos, Antonio Herrera Casado, cronista provincial, y terminó exponiendo ampliamente su trabajo el autor del libro, el historiador Aurelio García López.

AHB 

Los Conventos Antiguos de Guadalajara

Francisco Layna Serrano: “Los conventos antiguos de Guadalajara”. Aache Ediciones. Colección “Obras Completas de Layna” nº 6. Guadalajara, 2010. 512 págs. ISBN 978-84-92886-30-2. PVP: 60 €.


Aparte de los dos kilos largos que realmente pesa el libro, encuadernado en tela con estampaciones en oro, y más de 500 páginas en tamaño folio, impreso sobre papel consistente en color, el contenido de la obra es lo más interesante. “Los Conventos Antiguos de Guadalajara” obra de quien fuera Cronista Provincial a mediados del siglo pasado, aparece en esta segunda edición dentro de la Colección “Obras Completas de Layna Serrano”, como número 6 de ellas, y como remate de dicha colección de libros, capitales para el conocimiento de la historia de nuestra provincia, sus personajes y su patrimonio más relevante.
Además de los grabados originales, esta edición, -que respeta escrupulosamente el texto del cronista- presenta una amplia colección de nuevas imágenes, la mayoría a color, rescatando aspectos hasta ahora desconocidos de los 14 conventos que constituyen la esencia de la obra. Se completa con un amplio Apéndice Documental, y el índice de todo cuanto en ella aparece.
De la obra de Layna Serrano poco queda ya por decir que no se sepa: con un lenguaje castizo, una documentación enorme, y una elaboración meticulosa, el que fuera cronista de la provincia elaboró entre 1931 y 1971 una monumental aportación bibliográfica que cuajó en 8 grandes obras a las que se han añadido sus artículos sueltos en revistas especializadas.


Una memoria palpitante


La ciudad de Guadalajara fue, como tantas otras en Castilla, una ciudad conventual, entre los siglos XII (tras la instauración del reino castellano en ella) y el XIX (en que las políticas liberales y desamortizadoras acabaron con prácticamente todo rastro de conventualismo).
Entre los límites de esos siglos, fueron 14 los conventos que surgieron. De todos ellos, tan solo uno queda hoy vivo y en pie, ocupado de la misma comunidad para la que fue creado: el convento de San José, de monjas carmelitas descalzas, del que luego haré breve semblanza.
Del resto de los conventos creados, nada queda, aunque sí los edificios de algunos, transformados en iglesias parroquiales o destinados a otros menesteres: el de San Francisco está viendo, tras pasar al Ayuntamiento, renovado y restaurado su interior, que durante 150 fue dedicado a cuartel y Gobierno Militar; los de dominicos y jesuitas son hoy iglesias parroquiales de San Ginés y San Nicolás, respectivamente. Los de las bernardas, las jerónimas, las concepcionistas de San Acacio, los franciscanos de San Antonio, los hermanos de San Juan de Dios y algún otro, desaparecieron por completo, incluso físicamente. Y de los carmelitas de la epifanía quedó en pie todo, convento e iglesia, aunque hoy ocupado por franciscanos y religiosas concepcionistas. Las clarisas solo conservaron el templo (hoy parroquia de Santiago), y las franciscanas de la Piedad tuvieron como herederos a la Diputación Provincial y luego al ministerio de Educación y ciencia, convirtiendo su viejo palacio de Mendoza y su templo de La Piedad en dependencias del Instituto de Educación Secundaria “Liceo Caracense”
En su libro, Layna no trata de otros conventos y comunidades religiosas que han llegado a asentar y ser clásicas en la ciudad, como las Adoratrices sobre la fundación de María Diega Desmaissiéres, duquesa de Sevillano, o las Hermanas de los Ancianos Desamparados, en la Concordia, o las Francesas y las Anas en enseñanza, o las religiosas de San Vicente Paul en la asistencia sanitaria: consideró estas órdenes, nacidas en el siglo XIX con una proyección social y evangelizadora muy neta, como “no antiguas” y por lo tanto ni sus historia ni sus edificios han cabido en este libro.
Lo interesante de esta obra, magnífica por el aspecto y por el contenido, que viene a ser esencia de la historia de Guadalajara, es el nacimiento de cada Convento, el arte que en él tuvo cabida, los personajes que dieron sus dineros para que creciera, las monjas y los frailes, algunos linajudos y otros eminentes, que los poblaron: una secuencia histórica, en fin, que abarca siete largos siglos de la historia local, y que ahora van a tener posibilidad de leer y recordar cuantos se interesan, aunque sea superficialmente, por los avatares pretéritos de Guadalajara.
Verán así descritas, con el castizo lenguaje de Layna, figuras como las infantas Isabel y Beatriz, hijas del rey Sancho IV y María de Molina, o la de doña María Fernández Coronel, fundadora de las clarisas, y mujer con arrestos como pocas en toda la historia de la ciudad. Sabrán de doña Brianda de Mendoza, organizadora proverbial, y de la duquesa doña Ana, devota y fundadora. Recordarán los nombres de tantas jóvenes alcarreñas que acabaron sus días en los conventos, que eran entonces, en pleno siglo XVI, lugar de reunión de la gente diversa que trabajaba y se entretenía, pero que los domingos acababan saludándose y cotilleando a las puertas de las monjas de la Piedad, en Santa Clara, o en el ancho prado delante de Santo Domingo.
Y se asombrará de lo que Guadalajara fue en punto al nacimiento del Renacimiento artístico, de la mano de arquitectos como Alonso de Covarrubias, Lorenzo Vázquez de Segovia o fray Alberto de la Madre de Dios, creadores de modas y avanzados diseñadores de edificios y formas.


El convento carmelita de San José


El único de los conventos que hoy permanecen en pie, vivos y habitados, de los que se historían en este libro de Layna, es el dedicado a San José y ocupado por una comunidad de monjas carmelitas descalzas.
Sito en la calle Ingeniero Mariño, antiguamente llamada de Barrionuevo Baja, es una deliciosa obra del siglo XVII que conserva perfectamente las esencias conventuales de la época. Fue instalado en Guadalajara en 1615, ciudad a la que se trasladó la Comunidad ‑fundada en 1594 por doña Magdalena de Frías‑ desde su primitivo emplazamiento en Arenas de San Pedro. Aquí fueron ayudadas y apadrinadas por los duques del Infantado, título ocupado a la sazón por doña Ana de Mendoza, que cedió unas casas de su propiedad, adquiridas expresamente para este fin, y que además otorgó otras muchas ayudas, acompañadas de fundaciones y donaciones de otras linajudas familias de la ciudad.
El edificio del convento fue levantado entre 1625 y 1644, debiéndose las trazas de la iglesia al arquitecto santanderino, el fraile carmelita fray Alberto de la Madre de Dios, y siendo su constructor el maestro de obras Jerónimo de Buega, construyéndose de nueva planta la iglesia y el frontal del convento, y aprovechándose, reformadas, las casas de los duques para instalar el cenobio.
Sus portadas son sencillas, características de la arquitectura religiosa conventual del momento. El interior de la iglesia es de una sola nave, con planta de cruz latina. Ofrece un gran altar barroco, con buenas tallas, en la capilla mayor, y otros del mismo estilo, algo posteriores, a los lados del crucero. Sobre la pared de la epístola en el presbiterio, aparece un gran lienzo representando la "Transverberación de Santa Teresa", firmado por Andrés de Vargas en 1644, y cerca de él otro gran cuadro en que aparecen retratadas las “tres azucenas de Guadalajara”, jóvenes religiosas que fueron ejecutadas en el verano de 1936 y ahora declaradas beatas por la Iglesia Católica. Una forma de unir antigüedad y tiempos recientes en esta comunidad que sigue viva, felizmente atenta a la evolución de la ciudad en nuestros días, y a la que en palabras de los editores del libro, va dedicada la obra como prueba de admiración por su perseverancia.

viernes, 26 de agosto de 2016

El castillo de Torija

Jesús Sánchez López: “El castillo de Torija”. Aache Ediciones. Colección “Tierra de Guadalajara” nº 48. Guadalajara, 2004. Edición en formato PDF sobre CD incluido en carpeta plástica. PVP: 4,90 €.

Escrito por el párroco de la villa, que es al mismo tiempo elegante escritor y muy serio historiador, don Jesús Sánchez López, este libro se titula “El Castillo de Torija y forma parte como número 48 de la Colección de libros “Tierra de Guadalajara” de la alcarreña editorial AACHE. Además de contar con infinidad de fotografías, planos y grabados antiguos, a lo largo de sus cuatro capítulos ofrece toda la información que pueda imaginarse y buscarse sobre esta fortaleza.

En sus cuatro capítulos se condensa (aunque necesiten 256 páginas para desarrollarse) los siguientes temas: 1. Caminos y Viajeros… 2. Los Templarios. 3. El castillo y sus circunstancias. 4. Guerra y Paz, refiriéndose esto último a las destrucciones sufridas en pasados siglos, y a las reconstrucciones sucesivas, y uso futuro que ha de tener este edificio.

En la historia de Torija se mezclan la leyenda de su inicio a partir de los caballeros templarios, con la certeza histórica de su pertenencia a los Mendoza, a la saga de los Condes de Coruña, durante siglos. Su situación, en el camino real que llevaba a los viajeros desde la meseta inferior a la superior y al valle del Ebro, la hizo siempre un codiciado puesto estratégico, y por lo tanto su posesión provocó luchas entre reinos, grupos y hasta entre administraciones, más recientemente.

Historia de una villa amurallada

Torija estuvo amurallada desde la Edad Media. Un grueso cinturón de murallas formadas de densa mezcla de sillarejo y cal, la defendía por completo, reforzándose por cubos o torreones en esquinas y comedios, y abriéndose en ella al menos dos grandes puertas, la del Sol y la de la Picota, aunque sabemos que hubo algunas otras. En su extremo oriental, se alzaba vigilante del valle y de la villa el castillo. Es muy posible que, en sus orígenes, existiera una simple torre en ese mismo espacio, y de ahí tomara el nombre que hoy usa, el de Torija que devendría de la palabra castellana “torrija” o “torre pequeña”.

La fortaleza y villa amurallada, después de varios siglos de trueques y posesiones de personajes de la Corte, fueron dadas por el Rey al arzobispo Carrillo en premio a su conquista de las manos de los navarros que la tomaron sin razón a mediados del siglo XV.  Ambas cosas, villa y castillo, fueron trocadas con el marqués de Santillana, quien dió al eclesiástico su villa de Alcobendas. Así pasó a la casa de Mendoza, donde en la línea de segundones, permanecería varios siglos. Don Iñigo dejó la villa de Torija en herencia a su (cuarto) hijo don Lorenzo Suárez de Figueroa, a quien el rey Enrique IV dió los títulos de conde de Coruña y vizconde de Torija. Fundó en su hijo don Bernardino de Mendoza un mayorazgo que incluía sus títulos y la villa de Torija y su castillo‑fortaleza. Este comenzó a construir la iglesia parroquial, y todos sus descendientes, a lo largo de varias prolíficas generaciones, se ocuparon en mantener y mejorar a esta su villa preferida.

En el siglo XVI, en 1545 más concretamente, el castillo de Torija sirvió de telón de fondo para la celebración, en el fondo de su valle, del famoso “paso honroso de Torija” que consistió en unas grandes justas y torneos, a la usanza medieval, y en símbolo de defensa de un paso, entre los caballeros de Guadalajara y Torija, todos de la corte del duque del Infantado y del conde de Coruña, y otros muchos caballeros españoles, franceses y portugueses. Se hizo esta fiesta en honor de Francisco I de Francia, y Carlos I de España, que la presenciaron juntos, y duró más de 15 días. El sonido caballeresco y guerrero que el nombre de Torija había levantado durante los siglos de la Edad Media, quedaba con esta fiesta consagrado.
Poco a poco vino a menos la villa, aunque el continuo paso de caravanas, comerciantes, viajeros y emisarios la mantuvo viva; precisamente una parte importante del libro que acaba de presentarse sobre este edificio, nos dice de nombres y calidades de esos viajeros: por aquí pasaron Camilo Borghese, Francisco Spada, Andrea Navagiero y Enrique Cook, entre los antiguos, más Ernest Hemingway y Camilo José Cela, ya en el siglo XX, dejando todos ellos memoria de lo que vieron y sintieron al plantarse ante este coloso de la arquitectura medieval. Pero con los años el castillo fue perdiendo color y prestancia. En 1810, durante la guerra de la Independencia, Juan Martín el Empecinado lo voló en parte para que no pudiera ser utilizado por los franceses. Largos años abandonado y en total ruina, la Dirección General de Bellas Artes acometió su reconstrucción en la década de los años sesenta de este siglo. Hoy luce como uno de los más bellos castillos de la provincia de Guadalajara, y está destinado a servir de importante Centro de Interpretación de los Recursos Turísticos de la provincia alcarreña.

Una visita al castillo de Torija

Se sitúa el castillo de Torija sobre una eminencia rocosa, en el borde de la meseta alcarreña, justo en un lugar en el que se inicia la caída hacia el valle. Es de planta cuadrada, con torreones esquineros de planta circular. Construído todo él con sillarejo trabado muy fuerte, muestra en el comedio de los muros unos garitones apoyados sobre círculos en degradación. Las cortinas laterales se rematan en una airosa cornisa amatacanada, formada por tres niveles de mensuladas arquerías, hueca la más saliente, que sostenía el adarve almenado, del que solo algunos elementos se nos ofrecen hoy a la vista.
También los torreones esquineros ofrecen en parte su cornisa amatacanada, aunque ya desprovistos del almenaje que en su día tuvieron. Algunos ventanales de remate semicircular apare­cen trepanando los severos muros.
La gran Torre del Homenaje es el elemento que concede su sentido más peculiar al castillo torijano. Alzase en el ángulo oriental, como un apéndice de la fortaleza, con la que sólo tiene en común el cubo circular de ese ángulo, a través del cual se penetra en la referida torre. Es de gran altura, muros apenas perforados por escasos vanos, y unos torreoncillos muy delgados adosados en las esquinas, que en las meridionales son apenas garitones apoyados en circulares basamentos volados. Se remata la altura de esta torre con una cornisa amatacanada forma­da también de tres órdenes de arquillos, y sobre élla aparece el adarve del que apenas quedan algunas almenas. Al comedio de sus muros aparecen garitones, y la cornisa también continúa sobre las torrecillas esquineras.

El interior de esta Torre del Homenaje muestra hoy todos sus pisos primitivos. Desde el patio y a través de una estrecha puerta se penetra a la sala baja, comunicada solamente por un orificio cuadrado en su bóveda. Haría de sala de guardia. Al primer piso se accedía desde la altura del adarve. La última sala remata con bóveda muy fuerte, de sillería, en forma de cúpula. Sobre élla asienta la terraza. Una escalera de caracol embutida en el muro comunicaba unos pisos con otros. Hoy esta estructura ha cambiado, y gracias al trabajo del arquitecto Condado, que dirigió la construcción del Museo del libro “Viaje a la Alcarria” en su interior, vemos cómo una cómoda escalera embutida en un cuerpo exterior de metal y cristales, permite la subida al primer piso, desde el que a través de una volada escalera de caracol metálica se va pasando a los sucesivos pisos. El interior del castillo se encuentra hoy totalmente vacío. Tendría primitivamente construcciones adosadas a los muros, dejando un patio central. En este tema de la construcción futura de un espacio museístico en su interior, radica el peligro de trastocar la esencia de su primitiva estructura.

La fortaleza de Torija tenía, y todavía se ven algunos restos, un recinto exterior o barbacana de no excesiva altura, que seguía el mismo trazado que el castillo propiamente dicho. En la parte norte, que da sobre la plaza, al ser más llana y por lo tanto más fácilmente atacable, estaba dotado de un foso por fuera de dicha barbacana. La entrada a la fortaleza se hacía por esta cara norte, atravesando el foso por medio de un puente levadizo que, cayendo desde la entrada del recinto exterior, apoyaba sobre sendos machones de piedra puestos al otro lado de la cava.

El ingreso al interior del castillo no estaba, sin embargo, donde hoy se ve abierta la puerta. La estructura defen­siva de estos elementos guerreros, obligaba a realizar un recorrido por el camino de ronda, y hacer la entrada por otra de las cortinas del mismo. En el caso de Torija, es muy posible que esta entrada estuviera sobre el muro meridional, el que da al valle, donde siempre ha habido una pequeña puerta practicable.

Y ya como un complemento del castillo, y casi totalmente desaparecida, estaba la muralla que rodeaba la villa, de la que hace un estudio novedoso, detenido y brillante, el autor del libro que comento. Una alta cerca de piedra, reforazada a trechos por torreones, abierta por al menos dos grandes puertas, daba a este lugar la categoría de gran villa fuerte de Castilla. Así era Torija un bastión señalada, uno de esos Burgos medievales en los que caminantes y políticos se fijaban a la fuerza, porque tenía la importancia de ser lugar a poseer, a controlar, a tener a favor.


AHC